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Resumen Aguinaldo 2011 enero 18, 2011

Posted by coopegu in COMUNICACIONES.
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Bosco «Venid y veréis» (Jn 1,39)

La necesidad de convocar

Introducción

Después del Aguinaldo de 2010, Señor, queremos ver a Jesús, sobre la urgencia de evangelizar, me ha parecido lo más lógico y natural hacer una cálida llamada a toda la Familia Salesiana a sentir, junto a nosotros los SDB, la necesidad de convocar.

Evangelización y vocación son dos elementos inseparables. Más aún, criterio de autenticidad de una buena evangelización es su capacidad de suscitar vocaciones, de madurar proyectos de vida evangélica, de implicar totalmente a la persona de los que son evangelizados, hasta hacerlos discípulos y apóstoles.

La vocación de los primeros discípulos, es fruto de un encuentro personal que suscita en ellos una atracción, una fascinación que transforma su mente y sobre todo sus corazones, al descubrir en Jesús a Aquel en el que se realizan las esperanzas más profundas, las profecías, el Mesías esperado. Esta experiencia los une de tal modo a la persona de Jesús, que le siguen con entusiasmo y comunican a otros su experiencia invitándolos a compartirla encontrándose con Jesús personalmente.

Por eso, queridos hermanos y hermanas, os invito a ser para los jóvenes verdaderos guías espirituales. Jesús, dándose cuenta de que algunos lo seguían, se dirigirá a ellos directamente con la pregunta: “¿Qué buscáis?”, y ellos, llenos del deseo de conocer en profundidad quién es este Jesús, le preguntarán: “Rabbí, ¿dónde vives?” (Jn 1,38). Y él los invitará a tener una experiencia de convivencia con él: Venid y veréis. Algo inmensamente bello habrán experimentado desde el momento en que “fueron, vieron dónde vivía y aquel día se quedaron con él” (Jn 1,39).

He ahí una primera característica de la vocación cristiana: un encuentro, una relación personal de amistad y transforma la vida. Este encuentro transformador es la fe que, animada por la caridad, convierte a los creyentes y a las comunidades cristianas en propagadores de la Buena Nueva del Evangelio de Jesús. Estamos, pues, llamados a renovar en nosotros este dinamismo vocacional: comunicar y compartir el entusiasmo y la pasión con la que estamos viviendo nuestra vocación, de modo que nuestra misma vida se convierta en propuesta vocacional para los otros.

 

1. Volver a Don Bosco

Invitados a volver a partir desde Don Bosco para entender cada vez mejor y poder asumir con mayor fidelidad la pasión que ardía en su corazón y lo impulsaba a buscar la gloria de Dios y la salvación de las almas, imitémoslo en su incansable actividad en promover vocaciones al servicio de la Iglesia, el fruto más precioso de su obra de educación y evangelización, de formación humana y cristiana de los jóvenes. Su experiencia y sus criterios y actitudes podrán iluminar y orientar nuestro compromiso vocacional.

Don Bosco vivió, no lo olvidemos, en un ambiente poco favorable y en algunos aspectos contrario al desarrollo de las vocaciones eclesiásticas. Pero mirad cómo reacciona Don Bosco. No se pierde en lamentos, sino que enseguida se industria para recoger y cultivar vocaciones y promover la formación de jóvenes seminaristas, cuidar a los muchachos de buena índole y encaminarlos a la carrera eclesiástica. En el Oratorio, junto a los jóvenes trabajadores, huérfanos, Don Bosco acoge muy pronto a muchachos y jóvenes de buen espíritu que manifiestan signos para orientarse hacia el sacerdocio y a la vida religiosa. Se dedica con atención y prioridad a su formación, una formación activa y práctica con un acompañamiento personal y en un ambiente de fuerte valor espiritual y apostólico.

 

¿Cómo resuelve Don Bosco este empeño para promover vocaciones?

1. El primer empeño de Don Bosco es crear un ambiente, hoy diríamos una cultura, en el que la propuesta vocacional pueda acogerse favorablemente y llegar a maduración.

l Un ambiente de familiaridad en el que Don Bosco comparte todo con los jóvenes. Está con ellos en el patio, los escucha, promueve un clima de alegría, de fiesta y de confianza que abre los corazones y hace que se sientan como en familia. La alegría era ya en sí misma una propuesta vocacional. Los jóvenes en contacto con Don Bosco en la vida cotidiana tenían la experiencia de ser y sentirse de verdad miembros de una familia, aprendiendo a abrir sus corazones y a mirar el futuro con optimismo y esperanza.

l Este clima de alegría y de familia se alimenta con una fuerte experiencia espiritual. La visión religiosa del mundo que posee Don Bosco y que unifica su actividad contagia a los jóvenes, que aprenden a vivir en la presencia de Dios. Un Dios que los ama y tiene para cada uno de ellos un proyecto de felicidad y de vida plena. Se crea en el Oratorio un clima espiritual que orienta a la relación interpersonal con Dios y con los hermanos e invade toda la vida. Este clima constituye el primer recurso para cultivar y madurar las vocaciones.

l Una tercera característica era la dimensión apostólica. Desde el principio Don Bosco responsabiliza a los jóvenes a acompañarlo en su obra de educación y de catequesis. Les confía algunos compañeros más díscolos para que, haciéndose amigos suyos, les ayuden a introducirse en el ambiente y en la vida del Oratorio. Procura que este servicio de apostolado entre los compañeros, vivido con entusiasmo y disponibilidad, mientras muestra su eficacia llevando al camino del bien a aquellos a los que se dirige, se convierta también en “propuesta” concreta de vida para los jóvenes que él mismo había escogido.

2. Con el ambiente, Don Bosco ofrece a los jóvenes y a los adultos, que buscan una orientación para su vocación, un fiel acompañamiento espiritual. El lugar natural en el que Don Bosco ofrece la ayuda de la dirección espiritual es el confesionario, pero no sólo: Don Bosco propone y facilita de varios modos posibilidades de encuentro y de coloquio entre los “hijos de familia” y el “padre”, ofreciendo a todos una experiencia profunda de educación y de dirección espiritual.

Movido siempre por prudente discernimiento, hace lo posible para hacer reflexionar a los que no habían pensado nunca en ser sacerdotes o religiosos. Don Bosco les ponía ante los ojos, poco a poco algunas consideraciones que los ayudasen a pensar bien en su opción, y ninguno de ellos quedó nunca descontento de haber seguido su consejo.

3. El intensísimo trabajo que despliega Don Bosco en favor de las vocaciones está sostenido por un intenso amor a la Iglesia: él emplea todas sus fuerzas para procurar su bien. Precisamente es ese amor a la Iglesia lo que nos permite comprender la importancia que daba a la actividad apostólica de promoción de las vocaciones y su insistencia para que todos trabajasen y se prestasen para dar a la Iglesia el gran tesoro que son las vocaciones.

Vivamos, pues, sin miedo un estilo de vida que se opone a este mundo y a esta sociedad que no permiten el desarrollo y la promoción integral de la persona humana; un estilo de vida que estimula a vivir con alegría y entusiasmo la propia vocación y a proponer a los jóvenes y adultos, hombres y mujeres, muchachos y muchachas, la vocación salesiana como respuesta adecuada de salvación a este mundo de hoy, y como proyecto de vida capaz de contribuir positivamente a la renovación de la sociedad actual.

 

2. Una urgencia previa: crear y fomentar una cultura vocacional

Es necesario promover una cultura vocacional que sepa descubrir y acoger la aspiración profunda del hombre que lo lleva a descubrir que sólo Cristo puede decirle toda la verdad sobre su vida”. La cultura, efectivamente, señala no gestos personales, aun numerosos, sino una mentalidad y una actitud compartidas por un grupo; se refiere no sólo a intenciones y propósitos privados, sino al empleo sistemático y racional de las energías de las que dispone la comunidad. Los contenidos de una cultura vocacional, así entendida, conciernen a tres áreas: la antropológica, la educativa y la pastoral.

La vida es vocación

Sabemos que bajo todas las actuaciones educativas y pastorales subsiste una imagen del hombre, espontánea o refleja. El cristiano la va elaborando con la vivencia, con el esfuerzo racional por entender el sentido y con la iluminación de la fe. Los tres elementos – vivencia personal, búsqueda de sentido y discernimiento desde la fe – son indispensables y están unidos entre sí. El problema hoy se debe a una visión de la existencia humana en la que la dimensión de “llamada”, es decir, de tenerse que realizar en la escucha de otro y en diálogo con él, se excluye y no puede tampoco introducirse. Esto sucede en las visiones del hombre que ponen la satisfacción de las necesidades del individuo por encima de todo, proponiendo la autorrealización como única meta de la existencia o concibiendo la libertad como pura autonomía. Una primera tarea de la cultura vocacional es, entonces, elaborar y difundir una visión de la existencia humana concebida como “llamada y respuesta”, como consideración final de una sólida reflexión antropológica. Hacia esa conclusión llevan le experiencia de la relación, la exigencia ética que deriva, los interrogantes existenciales.

Abierta a los otros y a Dios

Lo primero que la persona percibe no es el yo, sino la interdependencia con los otros que requieren ser aceptados en su realidad objetiva y reconocidos en su dignidad. La responsabilidad aparece como capacidad de percibir signos que proceden de los otros y darles respuestas. Se trata de una llamada ética porque lleva consigo exigencias de responsabilidad y de compromiso.

El reclamo a la trascendencia se hace más evidente cuando la persona es capaz de abrirse a los interrogantes fundamentales de la existencia y capta su densidad real. Aparece entonces su apertura al Más allá, ya entrevisto en sus realizaciones positivas y en sus límites. Está naturalmente impulsado a buscar el sentido de la vida y a proyectarse en la historia. Debe decidir su orientación a largo plazo, teniendo delante diversas alternativas. Y no puede recorrer la propia vida dos veces: ¡debe apostar! En los valores que prefiere y en las opciones que toma se juega su éxito o su fracaso como proyecto, la calidad y la salvación de su vida. El cometido de una cultura vocacional es sensibilizar para que se escuchen esos interrogantes, capacitar para profundizar en ellos.

Vivida como don y como tarea

Todo esto requiere un estudio de la vocación como definición que la persona da a su existencia, percibida como don y llamada, guiada por la responsabilidad, proyectada con libertad. El hombre no tiene en sí la razón de su existencia ni de su realización. La debe a un don y la goza haciéndose responsable de ella. El don de la vida contiene un proyecto; este se va desvelando en el diálogo consigo mismo, con la historia y con Dios y exige una respuesta personal. Esto define la situación del hombre respecto al mundo y a los hombres.

La vocación cristiana no es un añadido de lujo, su simple perfeccionamiento; Es la indispensable condición de autenticidad y plenitud, la satisfacción de las exigencias más radicales, aquellas que sustentan la estructura de criatura. Del mismo modo insertarse en la dinámica del Reino, a lo que Jesús invita a sus discípulos, es la única forma de existencia que responde al destino del hombre en este mundo y más allá. La vida se despliega así enteramente como don, llamada y proyecto.

He aquí las actitudes fundamentales que dan vida a una cultura vocacional:

l La búsqueda de sentido. El sentido es la comprensión de las finalidades inmediatas, a medio plazo y, sobre todo, últimas de los acontecimientos y de las cosas. También es intuición de la relación que realidades y acontecimientos tienen con el hombre y con su bien. La maduración del sentido supone ejercicio de la razón, esfuerzo al explorar, actitud de contemplación e interioridad. Se va descubriendo en diferentes ámbitos: en la propia experiencia, en la historia, en la Palabra de Dios. Todo converge hacia una sabiduría personal y comunitaria expresada en la confianza y la esperanza. La calidad de la vida decae cuando no está sostenida por una cierta visión del mundo. l Apertura a la trascendencia, al más allá humano, a la aceptación del límite, a la acogida del misterio, la acogida de lo sagrado en sus aspectos subjetivos y objetivos, a la reflexión y a la opción religiosa. Es este un horizonte que aparece en el hombre hasta ser una dimensión constitutiva: en el ejercicio de su inteligencia, de su voluntad, en los anhelos del corazón, en sus relaciones, en sus empresas. La existencia del hombre está abierta al infinito y así es la percepción que él tiene de la realidad.

l Una mentalidad “ética”, capaz de discernir entre el bien y el mal y saber orientarse hacia el bien. Esa cultura está iluminada por la conciencia moral, más centrada en los valores que en los medios, y asume como punto básico la primacía de la persona. La cultura lleva siempre en su interior un impulso ético y es en sí misma un valor moral, porque persigue la calidad humana de cada uno y de la comunidad.

l La posibilidad de un proyecto. La apatía ante el sentido se transmuta con frecuencia en indiferencia hacia el futuro. Sin una visión de la historia no aparecen metas apetecibles por las que apostar, excepto las que se relacionan con el bienestar individual. En épocas anteriores las ideologías, con su carga utópica, impulsaron el proyecto social y favoreció también la disposición personal a implicarse en un proyecto histórico. Proyectar quiere decir organizar los recursos propios y el tiempo en consonancia con las urgencias de la historia y con las demandas de las comunidades para alcanzar metas ideales dignas del hombre.

l Compromiso para la solidaridad, proyectos personales generosos pueden surgir sólo donde la persona admite que su realización está unida a la de sus semejantes. La solidaridad es una aspiración amplia que sube de lo profundo de las conciencias, del corazón. Aparece como respuesta al subdesarrollo, el hambre, la explotación.

 

3. Aspectos de importancia especial en la animación y en la propuesta vocacional

Promover una cultura vocacional: cometido esencial de la Pastoral Juvenil

Toda la pastoral, y en especial la juvenil, es radicalmente vocacional: Hay que abandonar la concepción de la pastoral vocacional, que se preocupa sólo de la búsqueda de candidatos para la vida religiosa o sacerdotal. La pastoral vocacional debe crear las condiciones para que cada joven pueda descubrir, asumir y seguir responsablemente su vocación.

La primera condición consiste en la creación de un ambiente en el que se viva y se transmita una verdadera “cultura vocacional”, un modo de concebir y afrontar la vida como un don recibido gratuitamente; un don que hay que compartir al servicio de la plenitud de la vida para todos, superando una mentalidad individualista, consumista, relativista y la cultura de la autorrealización. Vivir esta cultura vocacional requiere el esfuerzo de desarrollar ciertas actitudes y valores, como la promoción y la defensa del valor sagrado de la vida humana, la confianza en sí mismo y en el prójimo, la interioridad que permite descubrir en sí y en los otros la presencia y la acción de Dios, la disponibilidad a sentirse responsables,…En este contexto o cultura vocacional la pastoral juvenil debe proponer los diversos caminos vocacionales –matrimonio, vida religiosa o consagrada, servicio sacerdotal, compromiso social y eclesial– y acompañarlos en su compromiso de discernimiento.

Os indico aquí dos elementos que pueden ayudar al desarrollo de una cultura vocacional:

l Hacer de la comunidad educativo-pastoral un ambiente de familia con testigos vocacionales significativos.

En el ambiente de familia típicamente salesiano el joven se siente acogido y apreciado gratuitamente; experimenta relaciones de confianza con adultos apreciables; se siente implicado en la vida de grupo; desarrolla protagonismo y responsabilidad; aprende a construir la comunidad educativa y a sentirse corresponsable del bien común; encuentra momentos de reflexión, de diálogo y de sereno contraste.

l Asegurar la orientación y el acompañamiento de las personas.

Ese proceso requiere la presencia y la cercanía de educadores; el conocimiento y el interés por su vida; la capacidad de relaciones personales; momentos de diálogo y de reflexión en grupo que ayuden a leer la vida con óptica vocacional; espacios y tiempos para encuentros más sistemáticos de acompañamiento personal.

La educación en el amor, en la castidad

En la orientación y animación vocacional tiene una gran importancia la educación en el amor. Es necesario ayudar al adolescente a integrar su crecimiento afectivo-sexual en el proceso educativo y también en el camino de educación en la fe. Y esto para que pueda vivir la afectividad y la sexualidad en armonía con las demás dimensiones fundamentales de su persona, manteniendo actitudes de apertura, de servicio y de oblación.

Hoy el adolescente debe confrontarse con un contexto cultural y social pan-sexualizado que transmite sus continuos mensajes en la calle, en la televisión, en el ciberespacio. Se trata de sugerencias que impulsan a una práctica sexual consumista y orientada a la satisfacción inmediata del placer.

La educación en la oración

La oración es un elemento esencial y primario en la orientación y en la elección de la vocación porque ésta, don de Dios ofrecido libremente al hombre, sólo puede descubrirse y seguirse con la ayuda de la gracia. Por tanto, una pastoral vocacional eficaz y profunda para los jóvenes no es posible sin introducirlos en una práctica asidua de la oración. Considerada esta centralidad de la oración en el camino de fe, es importante ayudar a los jóvenes a introducirse e iniciarse en una verdadera y profunda vida de oración: sólo así podrá madurar en ellos una posible vocación de especial consagración.

Los jóvenes viven hoy con frecuencia en un ambiente muy poco favorable a la vida espiritual. Están inmersos en una cultura del consumismo y del beneficio, del goce personal y de la satisfacción inmediata de los deseos. Por otra parte, descubrimos en adolescentes y jóvenes una búsqueda de interioridad, un esfuerzo por captar su identidad y también una apertura y una sincera búsqueda de una experiencia de Trascendencia.

La educación en la oración debe favorecer las condiciones que impulsan a la persona del joven a asumir una actitud de autenticidad. Éstas son: el silencio, la reflexión, la capacidad de leer la propia vida, la disponibilidad a la escucha y a la contemplación, la gratuidad y la confianza.

El corazón de la oración cristiana es la escucha de la Palabra de Dios. Ella debe ser la gran maestra de la oración cristiana, que no consiste en “hablar” a Dios, sino más bien en “escucharle” y abrirse a su voluntad (cf. Lc 11, 5-8; Mt 6,9ss). Normalmente se deberá iniciar al joven a esta escucha, ayudándole a entender el sentido de la Palabra que escucha y lee.

Otra gran escuela de oración es la vida litúrgica y sacramental: hay que ayudar al joven a participar cada vez más conscientemente, comprendiendo signos y símbolos de la liturgia. Una educación en la fe que olvide o retrase el encuentro sacramental de los jóvenes con Cristo, no es el camino para encontrarlo y aún menos indicará la posibilidad de seguirlo.

Es importante estar atentos a estas características en nuestro camino de educación en la oración, para ayudar al joven a vivirla y de ese modo a introducirlo en la Espiritualidad Juvenil Salesiana: es un camino de vida cristiana que puede llevar también a adolescentes y jóvenes a la gran meta de la santidad.

El acompañamiento personal

Otro elemento fundamental en la pastoral vocacional es el acompañamiento personal del joven. Deberá ser respetuoso, con una acertada comprensión de la madurez y del camino espiritual de la persona a la que se acompaña. Que ayude a interiorizar y personalizar las experiencias vividas y las propuestas recibidas; que estimule y guíe en la iniciación en la oración personal y en la celebración de los sacramentos; que oriente hacia un proyecto personal de vida como instrumento concreto de discernimiento y maduración vocacional.

Nos referimos a todo un conjunto de relaciones personales que ayudan al joven a asimilar personalmente los valores y las experiencias vividas, a adecuar las propuestas generales a su propia situación concreta, a aclarar y ahondar las motivaciones y los criterios. Este proceso incluye experiencias y niveles sucesivos para asegurar un ambiente educativo, capaz de favorecer la personalización y el crecimiento vocacional. A título de ejemplo:

§       la presencia entre los jóvenes, con el propósito de conocerlos y compartir con ellos la vida, con un actitud de confianza;

§       la promoción de grupos, donde siguen a los jóvenes el animador y sus compañeros;

§       contactos breves, ocasionales, que muestran el interés por la persona y su mundo; y, al tiempo, una atención educativa a ciertos momentos de importancia especial para el joven;

§       momentos de diálogo personal breves, frecuentes, sistemáticos, según un plan concreto;

§       el contacto con la comunidad salesiana, con experiencias de participación en la vida de oración, de fraternidad y de apostolado,

§       el ofrecimiento frecuente del sacramento de la Reconciliación; la intervención atenta y amiga del confesor resulta decisiva para orientar a un joven en su opción vocacional.

En la práctica del acompañamiento, sobre todo en el diálogo personal, conviene asegurar además la atención sobre algunos puntos fundamentales::

l Educar en el conocimiento de sí mismo, para descubrir los valores y las cualidades que el Señor ha dado a cada uno, pero también los límites o las ambivalencias en el modo de vivir y pensar. Cuántos jóvenes no han escuchado la llamada vocacional, no porque fuesen poco generosos o indiferentes, sino sencillamente porque no se les ha ayudado a conocerse.

l Madurar la confesión de Jesús, como el Señor Resucitado y como sentido supremo de la propia existencia. Las motivaciones vocacionales deben basarse en el reconocimiento de la iniciativa de Dios que ha sido el primero en amarnos.

l Educar a leer la experiencia de la propia vida y los acontecimientos de la historia como don de Dios y como llamada a ponerse a disposición de la misión por el Reino de Dios. Para esto, ayudar a los jóvenes a iluminar su existencia con la Palabra de Dios, en una constante referencia a Jesucristo, sentido como el Señor de la vida que propone un proyecto especial para cada uno de nosotros.

l Ahondar la asimilación personal de los valores evangélicos como criterios permanentes que orientan en las opciones que se hacen en la vida cotidiana. Un aspecto al que debemos prestar una atención especial en este campo será la educación en el amor y la afectividad.

 

Centralidad y labor de la consagración religiosa en la misión de la Familia Salesiana

La misión salesiana es misión educativa (de promoción integral de la persona) y misión de evangelización de los jóvenes. Estas dos dimensiones son esenciales y deben vivirse en mutua complementariedad y recíproco enriquecimiento. La Familia Salesiana es el sujeto de esta misión y debe cuidar la integridad de esta unidad orgánica; por eso es una riqueza que en ella están presentes las dos formas complementarias de vivir la vocación, la secular y la consagrada, y en ellas la laical y la sacerdotal.

La forma laical señala los valores de la creación y de las realidades seculares, ofrece una especial sensibilidad hacia el mundo del trabajo, presta una especial atención al territorio, subraya las exigencias de la profesionalidad; la laicidad en los miembros de la Familia Salesiana, religiosos, consagrados o no, muestra a todos cómo vivir la entrega total a Dios por la causa del Reino en estos valores y ocupaciones seculares.

La forma sacerdotal portada por los sacerdotes, realizan un sacerdocio plenamente inserto en el compromiso educativo: ofreciendo la Palabra de Dios, en la catequesis, en el diálogo y la acción educativa, construyen la comunidad cristiana a través de la construcción de la comunidad educativa.

El Movimiento Juvenil Salesiano, lugar vocacional privilegiado

El Movimiento Juvenil Salesiano (MJS) es una realidad plena de vida. Es una expresión expresiva de la fuerte atracción que la persona de Don Bosco y su carisma ejercen sobre los jóvenes. La tendencia asociativa, la vida de grupo, la inspiración comunitaria fue una experiencia casi espontánea en la vida de Don Bosco. Se daba en él una inclinación natural a la sociabilidad y a la amistad. El asociacionismo juvenil es una exigencia indispensable en la propuesta educativa querida por Don Bosco. Precisamente porque viven con frecuencia en un ambiente poco favorable al silencio y a la interiorización, buscan nuestra ayuda, nuestro apoyo y nuestro acompañamiento en el camino de maduración de su vida. La espiritualidad Juvenil Salesiana, el estilo de vida cristiana vivido por Don Bosco y por los jóvenes del Oratorio de Valdocco, constituye entonces un recurso que ofrecer a esos jóvenes.

Advertimos que entre los grupos del MJS se están extendiendo de modo admirable los grupos del Voluntariado. Ellos constituyen una primera salida del camino formativo realizado antes en los grupos. Los jóvenes, en la opción por el voluntariado, descubren un espacio de iniciativa y de servicio que se convierte en réplica valiente de la mentalidad individualista y consumista. Al mismo tiempo, los ayuda a madurar una visión vocacional de la vida como don y como servicio.

Se debe captar este “signo de los tiempos” explicitando sus múltiples valores, especialmente en la educación en la solidaridad y en la riqueza vocacional que encierra. Don Bosco sabía implicar a sus muchachos en tareas de voluntariado casi heroicas. De este modo se convierte en una verdadera escuela de vida; contribuye a educar a los jóvenes en una cultura de solidaridad en los encuentros con los otros, sobre todo con los más necesitados.

4. Conclusión. Belleza y actualidad de la vocación salesiana

En estos 150 años de historia salesiana vemos realizarse el sueño de Don Bosco, de implicar un amplio movimiento de personas que, compartiendo su Espíritu, se entregan a la misión juvenil. Todos nosotros somos parte y prueba de ese sueño en la realidad. Debemos vivir nuestra vocación salesiana con un gran sentido de agradecimiento; y el primer signo de reconocimiento es nuestra propia fidelidad, vivida con alegría y luminoso testimonio. Debemos hablar de nuestra vocación. Debemos hablar de Don Bosco y de su misión. Debemos poner en evidencia lo que la Familia Salesiana, por medio de sus grupos, ha realizado en el mundo y animar a muchas personas de buena voluntad a ofrecer no sólo su colaboración sino su misma vida para que la misión salesiana pueda continuar en el mundo en favor de los jóvenes tan amados por Dios.

Debemos estar orgullosos de nuestra vocación salesiana; conocer cada vez más a Don Bosco y, sobre todo, vivir y comunicar con entusiasmo su Espíritu y la misión salesiana. Como signo de gratitud por el don de la vocación salesiana recibido, nos comprometemos a hacerla conocer a todos, sobre todo a los jóvenes. Hablaremos de ella, cada vez que sea posible, a nuestros colaboradores y a los amigos que entran en contacto con nosotros. Nuestra vida, nuestro entusiasmo, nuestra fidelidad manifestarán plenamente que creemos en la belleza y en el valor de la vocación que hemos recibido. Creemos en su actualidad y la vivimos intensamente para responder con alegría a las necesidades y a las expectativas de los jóvenes y de la sociedad de hoy.

Queridos hermanos y hermanas, os deseo a todos vosotros esta apasionante experiencia de dejaros conducir por el Espíritu. Un fuerte abrazo y un año 2011 sereno y abundante de vocaciones para toda la Familia Salesiana.

Don Pascual Chávez V., SDB

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